El Pequeño Krakatoa quiere ser venerado como merece. Al menos eso es lo que piensan los habitantes de la islas que salpican el estrecho de Sunda, entre Java y Sumatra, donde se encuentra este volcán.

Cuenta la leyenda que su antecesor, el Krakatoa, era un dios que entraba en erupción cuando se enfurecía, por lo que los lugareños hacían sacrificios para calmar su cólera.

Así fue hasta 1883, cuando una explosión que se escuchó en Australia destruyó casi toda la isla y mató a 36.000 personas. Los estallidos y emanaciones de humo y lava que registra su hijo son menos espectaculares, pero las autoridades ha elevado el nivel de alerta y han ordenado a residentes y turistas que se mantengan alejados un mínimo de tres kilómetros.
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