Fue una peculiar campaña publicitaria e hizo esperar al público un montaje provocador y deseoso de escándalo.
Llegado el momento de la verdad, los aficionados romanos contemplaron un montaje aseado y ameno. Nadie tuvo que rasgarse las vestiduras. Ni siquiera Salomé.
Giorgio Albertazzi contaba, para sus dos Salomés, con la actriz Maruska Albertazzi, fogueada en el cine erótico, y con la joven cantante Francesca Patané, propietaria de un físico atlético.La actriz, Maruska, apareció en el prólogo, un recitado de extractos de la obra original de Oscar Wilde que proporcionaba las claves argumentales.
Y sí, se desnudó un momento. Y, en efecto, para subrayar la condición de adolescente virginal de la tormentosa Salomé, la audiencia pudo comprobar que había sido sometida a una radical remoción pilosa.
Visto lo que había que ver, Maruska Albertazzi se cubrió con una capa dorada e hizo mutis.
A partir de ahí, comenzó la ópera strictu sensu. La soprano Francesca Patané, estupenda, con un timbre de voz lo bastante acerado como para hacerse oír por encima de la compleja orquestación de Strauss, cantó, coqueteó con el Bautista, provocó a Herodes, pidió la cabeza del prisionero y bailó sin que la carne llegara al escenario: una malla y un poco de pedrería estratégicamente situada bastaron para crear el efecto deseado.
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