El sonido es el silencio y algún aleteo de aves. El paisaje, un laberinto de agua y tierra donde vuelan los flamencos. Enfrente, la sierra del Montsià. Hay barcos amarrados en lugar de coches aparcados.
Huele a madera vieja muy húmeda y a vapor de mejillones aún calientes que alivian la espera de la paella recién cocinada.
El camarero la sirve y después reagrupa con mimo el arroz que queda y lo tapa con un plato para que no se enfríe, con la certeza de que el cliente repetirá.
Al comprobarlo, sonríe: es la confirmación de un trabajo bien hecho.
El mantel es de papel, pero la comida de lujo. Después, la piel se tuesta y se refresca en las planas y cálidas playas de la bahía.
Fuente, El País, PILAR ENCUENTRAPara leer más, clikar en el titulo.
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