Tras la muerte del dictador, los poderes fácticos del
Estado tejieron una red de alianzas con los pequeños grupos de la
oposición y presentaron un escenario de democracia formal, que en sus
fundamentos era un franquismo al que se había aplicado un lifting de mínimos. En esa operación cosmética de peluquería de barrio se incluían unos partidos políticos etiquetados como “de derechas y de izquierdas”, un grueso de normas y procedimientos que llamaron “constitución” (que incluían capítulos redactados por los militares fascistas) y una aparente descentralización administrativa (las comunidades autónomas) para encubrir los derechos de las naciones históricas del Estado.
Luego se pidió al pueblo que votara y el pueblo, en su gran mayoría temeroso y desorientado, votó a favor de lo que la autoridad competente presentaba. Y así hemos llegado hasta aquí.
El espectáculo se ha mantenido incólume durante más de cuarenta años,
pero hace aguas por todas partes y tiene un futuro dudoso. Hay varios
frentes que explican el derrumbe del tinglado y hay que tratarlos
separadamente.
El primer frente es el ideológico. En el mundo occidental (es un
eufemismo) los partidos oficiales de derechas e izquierdas se han
integrado, en la praxis, en un magma liberal-conservador, con pequeñas
diferencias. Las TIC’s, la globalización, la financialización de la
economía y el peso del “Big Business” a escala mundial han
producido una transferencia de poder hacia el gran capital, que utiliza a
los políticos profesionales como empleados bien remunerados. En el
Estado Español, a la pequeña escala que le corresponde, ha ocurrido lo
propio.
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