Eso dicen las minorías que quieren imponer los voces valores —que
entienden permanentes y universales— sobre el resto, olvidando que
estamos en una sociedad con muy pocos consensos básicos y pluralmente
moral. Uno de estos consensos básicos es el no hacer daño a los otros,
nos recuerda la ética. Así pues, ya tenemos la primera pregunta y
respuesta: ¿a quién hace daño la eutanasia? A nadie. Mejor dicho, sí.
Perjudica si está penalizada a quién ayuda al postrado.
Este es el caso, muy templado legalmente y prácticamente en nuestra casa.
El drama de la eutanasia radica en que una persona que
está inmersa en graves padecimientos físicos o psíquicos, está tan
minada en su capacidad de acción que ni siquiera puede suicidarse. Es
más, si tuviera capacidad para hacerlo, su padecimiento no fuera tan
grande ni grave y seguramente no querría quitarse la vida.
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